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Cualquier manual de televisión te dirá que los episodios infantiles deben durar 11 o 22 minutos, pero ‘Bluey’ dura 7 por una razón

11 Ene, 2026 11:30 a.m.|Actualizado: 11 Ene, 2026 12:02 p.m. AR
Cualquier manual de televisión te dirá que los episodios infantiles deben durar 11 o 22 minutos, pero ‘Bluey’ dura 7 por una razón

La televisión masiva implementó a fines de siglo una efectiva estrategia de programación infantil matutina para gestionar el descanso parental y asegurar el rating.

A fines de los años noventa y principios del nuevo milenio, los grandes multimedios desarrollaron una programación televisiva de fin de semana enfocada específicamente en la audiencia infantil con bloques que podían extenderse hasta el mediodía. Esta franja horaria no solo buscaba capitalizar un segmento de mercado creciente, sino que funcionó como una solución estratégica para el núcleo familiar, garantizando que los menores mantuvieran un punto de atención fijo durante las primeras horas del día.

El modelo de “clubes” o mega-contenedores reemplazó la emisión aislada de series animadas, ofreciendo un paquete integrado que incluía segmentos en vivo, concursos y reportajes juveniles, además del material de ficción. Estas identidades corporativas representaron casos de estudio exitosos de cómo la marca se fusionó con el entretenimiento, logrando una fidelización de alto impacto entre los niños en edad escolar.

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La extensión de estos ciclos, que comenzaban antes de las 8 de la mañana, no era casual. La intención primaria de los programadores era maximizar la penetración en el hogar durante los días de mayor ocio, asegurando que los padres dispusieran de un amplio margen de tiempo libre mientras los hijos permanecían consumiendo el contenido patrocinado por la cadena. Esto generó un pico de rentabilidad para la publicidad de juguetes y alimentos.

Para la generación que hoy transita la madurez, estos espacios televisivos constituyeron un componente fundamental de su socialización mediática temprana. El recuerdo de la duración ininterrumpida de estos bloques se relaciona directamente con una era previa a la fragmentación digital, donde la parrilla de programación definía de manera absoluta los horarios de consumo.

El panorama actual, dominado por plataformas de streaming y contenido a demanda, desmanteló por completo la necesidad operativa de sostener estos vastos ciclos matutinos. Aunque el contenido infantil sigue siendo crucial, su disponibilidad instantánea eliminó la presión sobre las cadenas tradicionales de servir como el único ancla audiovisual del fin de semana.

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