La nueva reforma laboral que impulsa el Gobierno Nacional no solo modifica normas. Modifica el lenguaje, el encuadre del debate y la percepción social sobre los derechos laborales.
En términos concretos, la reforma reduce costos de despido, individualiza la negociación y traslada riesgos del empleador al trabajador. Es un cambio estructural en la relación capital-trabajo.
Sin embargo, el debate público no se plantea en esos términos.
Irán anunció un «acuerdo general» con EEUU sobre «puntos rectores» del pacto nuclearNo se habla de reducción de indemnizaciones ni de debilitamiento sindical.
Se habla de “libertad de contratación”, “modernización” y “eliminación de privilegios”.
Ese desplazamiento semántico no es casual. Es estratégico.
Estamos frente a una ingeniería de percepción que busca que el trabajador no solo acepte la pérdida, sino que la interprete como una liberación. El conflicto deja de ser estructural y se desplaza hacia el plano emocional y cultural.
Este fenómeno —que analizo en profundidad en mi libro “La Rebelión del Ruido”— responde a un método comunicacional basado en la saturación permanente de estímulos, polémicas y marcos extremos que ocupan la agenda e impiden discutir el contenido real de las reformas.
Cuando el ruido domina, el análisis se simplifica.
Cuando cambia el lenguaje, cambia la percepción.
Y cuando cambia la percepción, cambia el resultado político.

Es momento de discutir la reforma laboral con claridad conceptual y honestidad intelectual. Lo que está en juego no es solo un texto legal, sino el modelo de relaciones laborales que queremos para la Argentina.
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Carlos González D’Alessandro



